sábado, 31 de diciembre de 2016

Un poco de Mose


Aunque soy poco aficionado al jazz, la voz de Mose Allison me gusta. El músico, del que he sabido por su muerte, interpreta aquí un tema de Willie Dixon.

martes, 18 de octubre de 2016

Semblanzas

   
     Último sábado de septiembre. Charla en Segovia entre el economista Guillermo de la Dehesa y el filósofo Fernando Savater. Apunto:

     Dehesa, con su barba carolina, tiene aire de bibliotecario escurialense, de sabio digno, impresión que él afirma con una medida de conocimiento y una medida de ausencia reflexiva también. Me pregunto si, cuando escapa mentalmente, lo hace para situarse en la biblioteca del Monasterio, a fin de consultar viejos volúmenes con gusto y cuidado, y ofrecer consejo a un repentino rey Prudente, cuyos modos principales él resiste acaso con paciencia refractaria. En cuanto a Savater, este recorta la figura de un Falstaff inofensivo. La imagen aparece en el momento en que, divertido, el filósofo se echa atrás en el sillón, levanta con un movimiento de cabeza la mirada al cielo, se lleva la mano a la barbilla para mesarse la barba y, sonriendo, deja sin reír la excelente risotada que entonces se le espera.
 

domingo, 25 de septiembre de 2016

Epigrama


                                                            El que toma cien mujeres,
                                                       fidelísimo Solimán,
                                                       ¿sufre luego los placeres
                                                       del alto jardín musulmán?



sábado, 10 de septiembre de 2016

miércoles, 31 de agosto de 2016

Debod y Cibeles

    

     
      En las últimas semanas, se han visto en las carteleras del Ayuntamiento de Madrid dos imágenes distintas. Una, mostrando la fuente de Cibeles, otra el Templo de Debod. Las creí señales de un cambio tranquilo, no por silencioso menos importante: la sustitución de la alborotadora publicidad habitual por fotografías de la urbe compartida, a fin de hacer una ciudad un poco más amable. Estaba equivocado.

     Una búsqueda en Internet me reveló la razón de aquellos hitos gráficos: el Ayuntamiento, a la espera del inicio del contrato con una nueva empresa anunciante, vestía de algún modo el hueco dejado por la compañía anterior. Dos imágenes emblemáticas de Madrid, no en exceso llamativas, funcionales, cubrían por un tiempo las carteleras, junto con otras ya existentes de orientación o concurso cívico, municipales también. ¿Por qué no vi lo que de verdad ocurría? El constante llamamiento al cambio del nuevo gobierno me llevó a pensar en un giro político. Pero no era el caso, y la falta de ruido en los medios tendría que haberme puesto sobre aviso. Esperaba demasiado, claro. La publicidad es un elemento vertebrador de la sociedad de consumo, y aunque los anuncios sean invasivos, empujen al gasto constante, y fomenten el malestar a través de la envidia, resulta muy difícil que nadie los censure, por muy antisociales que en el fondo sean.

     Las imágenes de la Cibeles y del Templo de Debod desaparecerán pronto. Cuando hice las fotos que aquí acompañan, ya se veían obras en algunos lugares para reemplazar el mobiliario urbano, y adaptarlo a las necesidades del nuevo contratista. De todo esto, al menos, me queda la impresión de cómo sería la ciudad, si pudiera liberarse de la chismosa publicidad de costumbre.

domingo, 14 de agosto de 2016

Encubridora

 
    
          Encubridora, del austriaco Fritz Lang, es un wéstern algo descolorido de 1952, en el que Marlene Dietrich tiene la escena más curiosa. Dietrich, con sus pícaras compañeras de taberna, juega a las carreras de caballos con unos vaqueros por montura, mientras el resto del local anima fogoso. Son sólo dos minutos de cine, pero le bastan para dejar huella y señalar, además, que Encubridora podría haber sido una película del Oeste bien distinta. Porque en el saloon donde Marlene reina, Lang quiere aplicar lo aprendido en Berlín, lo que sabe de aquel oscuro cabaret de entreguerras, teatro bello, sórdido y ridículo a un tiempo que aún hoy recordamos. El bar de frontera, el de las lumis amables y los borrachines y los vaqueros en busca de pelea, funciona en Encubridora como trasunto de aquel otro lugar de esparcimiento. La imagen resulta subversiva, pues sugiere placeres raros o retorcidos, que no casan con los del típico saloon americano del cine de entonces. Pero sólo es un detalle. El resto no recibe de Lang el mismo impulso creativo, y queda como un wéstern que se deja ver, pero que llama poco la atención.

viernes, 5 de agosto de 2016

Patrones


El martes estuve en el Prado. Para entrar (gratis) hice fila cuarenta y cinco minutos. Según el museo, hay menos visitantes en agosto; añado que vienen todos por la tarde, a eso de las seis. Una vez dentro, vi unos bocetos sobre tabla de Rubens, poses heroicas de romanos semidesnudos, firmes en sus trabajos míticos. Por la falta de naturalidad de las escenas, y el común desabrigo, dudé si se trataría antes de un ejercicio de estilo, o del capricho de un patrón licencioso; creí más seguro lo segundo, por ser aquella la preparación de un pedido de Felipe IV. Luego, en la sala de los holandeses, fui mirando cuadros de tema bíblico e imaginación barroca, hasta llegar a Judit presentando la cabeza de Holofernes, de Salomon de Bray. Esta pintura me extrañó, porque pensé fácil olvidar el trasfondo (la victoria de Israel sobre sus contrarios es un asunto transparente), y encontrar en ella sólo a una muchacha con una cabeza cortada en las manos. ¿Habría morbo detrás del encargo? No, no se trató de eso, supe por un texto. Con el añejo asesinato del general Holofernes, se escenificaba la resistencia holandesa frente al enemigo español, en tiempos del autor. Me acerqué un poco a la tela, por ver si en las facciones del decapitado reconocía las de algún paisano, tal que el conde-duque; pero no. Sólo los colores de la bandera de Holanda, en una cinta que ceñía el pelo de la chica, delataban un vínculo regional. Ya no tuve tiempo para más, las dos horas de gracia del museo (que para mí fue hora y cuarto) terminaron entonces.

P.D. La imagen que acompaña a esta entrada es la de Judit, en el cuadro de Bray. Se pintó en 1636.

sábado, 16 de julio de 2016

En concierto


Vi a Piedad os lo ruego en la sala Moby Dick. Las bases pregrabadas, las voces monótonas en contraste con el brío playero de sus ropas, los clichés en las letras (“she’s my girl, and she’s so pretty”), me revelaron una voluntad irónica, volcada, me parece, no tanto sobre lo que se expresaba, como sobre el medio de expresión en sí, la música rock. Sin ser decisiva, su propuesta me divirtió.


En la foto, Leticia, la cantante.

viernes, 15 de julio de 2016

Ah, Tintín


En su Historia del Almirante, Hernando Colón relata los viajes americanos de su padre, recordando azares y ensalzando aventuras. Entre ellas destaca una en la que el descubridor tiró de ingenio para salvar la situación. Para mí, es tanto más curiosa por su parecido con una escena del álbum de Hergé El templo del Sol, donde Tintín inventa algo del estilo para salir de un mal paso.

El Almirante y algunos de sus hombres estaban varados en una playa jamaicana, esperando un socorro que no llegaba. Necesitados de la ayuda de los indios, que tras meses de convivencia forzada ya no querían asistirles, el descubridor decidió emplear un truco para ganarse su voluntad. Disponía el Almirante de un almanaque astronómico, donde se predecían los eclipses, y sabiendo de la mentalidad mágica de los indios, con ese conocimiento se dispuso a impresionarles. Reprochándoles su mala disposición para con los españoles, les anunció que la luna se cubriría, y que pronto iba a seguir un castigo divino. Lo recuerda así Hernando: 

"Pero comenzando el eclipse al salir la luna, cuanto más ésta subía, aquél se aumentaba, y como tenían grande atención a ello los indios, les causó tan enorme asombro y miedo, que con fuertes alaridos y gritos iban corriendo, de todas partes, a los navíos, cargados de vituallas, suplicando al Almirante rogase a Dios con fervor para que no ejecutase su ira contra ellos, prometiendo que en adelante le traerían con suma diligencia todo cuanto necesitase. El Almirante les dijo quería hablar un poco con su Dios; se encerró en tanto que el eclipse crecía y los indios gritaban que les ayudase. Cuando el Almirante vio acabarse la creciente del eclipse, y que pronto volvería a disminuir, salió de su cámara diciendo que ya había suplicado a su Dios, y hecho oración por ellos; que le había prometido en nombre de los indios, que serían buenos en adelante y tratarían bien a los cristianos, llevándoles bastimentos y las cosas necesarias; que Dios les perdonaba, y en señal del perdón, verían que se pasaba la ira y encendimiento de la luna. Como el efecto correspondía a sus palabras, los indios daban muchas gracias al Almirante, alababan a su Dios, y así estuvieron hasta que pasó el eclipse".

En El templo del Sol, Tintín y el capitán Haddock son capturados por unos indios del Perú que, por haber descubierto los belgas ciertos secretos graves, quieren hacer de ellos las víctimas de un sacrificio ritual. Tintín aprende por casualidad la fecha de un eclipse de Sol, y se sirve de ella para salvar su vida y la de sus compañeros: anuncia el eclipse, conmina al Sol, mide los tiempos y, en el momento justo, ruega por los indios asustados ("¡Oh Sol, poderoso astro del día, yo te conjuro! ¡Sé clemente y ten piedad de tus hijos y dales tu luz!"), para conseguir su objetivo. Adaptando, presumiblemente, el relato de Hernando Colón, Hergé le dio un final de altura a su historia. Cabe añadir que la ingenuidad de los indios en cuanto al eclipse es poco menos que increíble, en pleno siglo XX, pero se compensa en alguna medida con la del propio Haddock, tan genial en su viñeta como siempre.